Versión revisada de la conferencia presentada por Gustavo Palacio Urrutia, Embajador (SP), en la Conferencia Anual de AIQUAV, Universidad de Florencia, diciembre de 2025.
Humanidad insustituible: trabajo de cuidados, inteligencia artificial y cohesión social en las sociedades europeas.
El presente ensayo propone examinar el vínculo entre tecnología, cuidados e integración desde una perspectiva humanista: comprender cómo la IA reconfigura la vida social y qué lugar ocupa el trabajo humano en sociedades que envejecen y se vuelven cada vez más interdependientes.
Vivimos un momento histórico excepcional. A lo largo de los siglos, cada graninnovación tecnológica —la agricultura, la imprenta, la industrialización, la electricidad, la digitalización— ha ampliado nuestras capacidades para transformar la naturaleza y generar bienestar colectivo. Pero nunca antes una tecnología había tenido un impacto tan directo sobre las funciones cognitivas de los seres humanos.
La inteligencia artificial, por primera vez, amplifica no solo la fuerza física de la humanidad, sino también su capacidad de razonar, aprender y organizar el conocimiento. Permite a millones de personas —estudiantes, trabajadores, migrantes, personas mayores— acceder a funciones cognitivas antes reservadas a especialistas: analizar información, traducir lenguas, sintetizar conocimientos. Es evidente que la IA ejerce un efecto democratizador sin precedentes. Al ofrecer un apoyo cognitivo avanzado a cualquier persona con conexión a internet, abre la posibilidad de redistribuir capacidades intelectuales y ampliar el margen de acción de quienes disponen de menos capital social y cultural, permitiéndoles alcanzar niveles formativos y profesionales que en el pasado eran difíciles de conseguir, incluso en ámbitos sensibles como la salud, la asistencia y el trabajo comunitario.
Escenarios futuros: entre emancipación y control
Esta revolución cognitiva introduce un debate que hasta hace poco parecía ciencia ficción: la posible transformación radical —incluso el fin mismo—del capitalismo tal como lo conocemos. Diversos pensadores, economistas y tecnólogos, así como algunos líderes de las empresas que desarrollan inteligencia artificial, proponen escenarios en los que una parte muy importante del trabajo humano sería sustituida por sistemas y robots automatizados. En este contexto, millones de personas dejarían de vivir de la venta de su fuerza de trabajo y comenzarían a recibir ingresos básicos financiados por beneficios tecnológicos.
Sam Altman, exponente de la nueva élite tecnológica de Silicon Valley, ha defendido públicamente la idea de una renta universal basada en los beneficios de la IA (Altman, 2025). Elon Musk, desde una perspectiva algo distinta, ha insistido en diversas ocasiones en la necesidad de alguna forma de ingreso garantizado ante la posibilidad de una automatización extendida (Musk, 2025). Más allá de sus diferencias, ambos han contribuido a plantear públicamente una pregunta decisiva: cómo organizar una economía en la que el empleo remunerado deja de ser el eje de la vida social y la existencia humana puede orientarse hacia actividades creativas, afectivas, comunitarias o culturales, no necesariamente ligadas a la producción económica.
Este escenario no es inmediato ni está garantizado, pero ya se discute seriamente en foros académicos, económicos y tecnológicos. Sin embargo, junto a esta posibilidad emancipadora existe otra, preocupante y sombría: nuevas formas de dominación autoritaria apoyadas en el uso instrumental de la inteligencia artificial. El riesgo de que sistemas totalitarios o gobiernos con tentaciones antidemocráticas utilicen la tecnología para profundizar estructuras de vigilancia y control sobre las poblaciones es real.
En el debate público se han alzado voces de alarma. El senador demócrata Bernie Sanders ha llamado la atención sobre el riesgo de que la inteligencia artificial, si se concentra en manos de grandes empresas o de gobiernos con contrapesos democráticos frágiles, pueda acentuar las desigualdades, debilitar la negociación colectiva y concentrar un poder sin precedentes sobre trabajadores y ciudadanía (Sanders, 2025). En sus apariciones públicas recientes, además, ha advertido sobre los peligros de un desarrollo no controlado de la IA, subrayando que sistemas con niveles cada vez más altos de autonomía y capacidad decisional —hasta formas de posible superinteligencia— podrían escapar al control humano y democrático, condicionando profundamente las decisiones colectivas y, en los casos más extremos, ejerciendo un control de facto sobre las sociedades contemporáneas.
También ha alertado sobre el creciente fenómeno de dependencia emocional asociada al uso de la inteligencia artificial, especialmente entre adolescentes: según un estudio reciente de Common Sense Media, aproximadamente siete de cada diez adolescentes en Estados Unidos ya utilizan sistemas de IA como forma de compañía, a menudo de manera regular, sustituyendo en parte relaciones de amistad presenciales (Common Sense Media, 2025).
Este fenómeno de “soledad acompañada” nos obliga a preguntarnos qué ocurriría si, en un contexto de creciente automatización y robotización, estas prácticas se difundieran todavía más: ¿hasta qué punto relaciones humanas fundamentales —amistad, solidaridad y cuidado— podrían erosionarse progresivamente si una proporción cada vez mayor del apoyo emocional y relacional se confiara a sistemas artificiales?
Además, la expansión de la IA acarrea un aumento de los costes energéticos. Los centros de datos y el entrenamiento de modelos requieren enormes cantidades de electricidad. Europa deberá reforzar sus infraestructuras renovables si no quiere que el futuro digital reproduzca nuevas desigualdades ecológicas.
La IA es, como podemos ver, marcadamente ambivalente: puede democratizar el conocimiento y liberar tiempo humano, o, por el contrario, consolidar desigualdades y nuevas formas de subordinación si es monopolizada por élites políticas o empresariales. No decide por sí misma: amplifica las lógicas de poder ya existentes.
Filosofía y tecnología: Nietzsche, Heidegger, Sartre y Foucault
Para comprender la profundidad de esta transformación, conviene recordar las reflexiones de varios pensadores que nos advirtieron tempranamente sobre la alienación tecnológica en la modernidad.
Para Nietzsche, el ser humano es una obra inconclusa y la tecnología solo tiene sentido si refuerza la voluntad creativa que afirma la vida. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial puede expandir nuestras facultades imaginativas o adormecer la voluntad, habituándonos a delegar juicio y sentido a sistemas automáticos.
Heidegger temía que la tecnología moderna redujera el mundo a un “dispositivo” plenamente disponible —el Gestell— donde todo se convierte en un recurso explotable. El peligro es que el ser humano pierda el sentido del ser y se limite a gestionar la eficiencia. La inteligencia artificial intensifica este dilema: al replicar nuestros procesos cognitivos, nos obliga a distinguir lo que pertenece al cálculo y lo que pertenece a la experiencia vivida, al cuerpo, a la vulnerabilidad y a la empatía. Al hacerlo, nos devuelve también el reflejo de nuestra humanidad: pone en evidencia aquello que ninguna máquina puede ofrecer.
Sartre nos recuerda que la existencia precede a la esencia: somos lo que hacemos con lo que se ha hecho de nosotros, y la libertad se conquista; nunca es gratuita. La IA puede expandir nuestro proyecto existencial, pero no puede asumir por nosotros la responsabilidad que nos corresponde. El riesgo no es que las máquinas comiencen a pensar más y mejor que nosotros, sino que los seres humanos dejemos de hacerlo y aceptemos decisiones algorítmicas sin espíritu crítico.
Foucault, a su vez, demostró que todo conocimiento produce formas de poder. La IA amplifica ese conocimiento intensificando la vigilancia y la gestión biopolítica de las poblaciones (Foucault, 1975). Sin contrapesos democráticos, la sociedad podría deslizarse hacia nuevas modalidades de control digital.
Estas cuatro perspectivas convergen en una intuición común: la inteligencia artificial no transforma únicamente la economía o la organización del trabajo; reconfigura nuestra manera de comprendernos como seres humanos, modifica nuestra relación con la libertad —incluido el tiempo—, con el cuerpo y con el poder, y nos obliga a decidir qué queremos preservar como irreductiblemente humano en la era de la eficiencia y de lo cuantificable.
Demografía, crisis de cuidados y migración
Mientras imaginamos un futuro de automatización total, la Europa de hoy se enfrenta a una paradoja concreta: sufre una grave escasez de mano de obra precisamente en los sectores más humanos, en particular en la asistencia a personas mayores y a las familias.
La caída de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida constituyen una crisis demográfica sin precedentes. Italia, España, Alemania y Francia figuran entre los países con los niveles de fecundidad más bajos del mundo. A mediados de siglo, una parte muy significativa de la población europea tendrá más de 65 años, y el grupo de mayores de 80 crecerá rápidamente.
En Francia se prevé que, hacia 2050, habrá casi tres millones de personas en situación de dependencia, setecientas mil más que hoy, mientras las familias serán más pequeñas y dispersas. Esta combinación de envejecimiento, pérdida de autonomía y debilitamiento de las redes familiares multiplica la demanda de asistencia precisamente cuando los empleos del sector son precarios y poco atractivos. En este contexto, la disponibilidad de fuerza laboral interna no es suficiente para cubrir las necesidades emergentes, y por eso Europa depende cada vez más del trabajo migrante.
Alemania ha alcanzado una población foránea equivalente a aproximadamente una quinta parte del total; Francia mantiene un aporte decisivo de migrantes en sectores como salud, agricultura y servicios urbanos; Italia cuenta con más de cinco millones de residentes extranjeros —aproximadamente una décima parte de su población—, de los cuales una proporción muy elevada sostiene el sistema de cuidados. En regiones como Toscana, Liguria o Lombardía, la vida cotidiana de miles de familias se basa en la presencia discreta de cuidadores migrantes. En el Reino Unido, incluso después del Brexit, el NHS reconoce que su supervivencia depende en gran medida del trabajo de personal extranjero.
En conjunto, dentro de la Unión Europea, alrededor del 10% de la población nació fuera del país en el que reside. Sin este aporte, la población en edad de trabajar se reduciría drásticamente y los sistemas de pensiones serían difícilmente sostenibles.
En los últimos años, numerosos análisis económicos han destacado que la fuerza laboral migrante no es un elemento accesorio, sino una componente estructural de la economía europea (De Haas, 2023). Paralelamente, estudios del mercado de trabajo muestran que, en el periodo postpandémico, una parte relevante del crecimiento del empleo en la UE se ha sostenido gracias al aumento de la fuerza laboral mediante inmigración extra-UE. En esa misma dirección, el Banco Central Europeo ha cuantificado el aporte de la inmigración extra-UE al crecimiento del PIB del área del euro, destacando cómo el incremento de la población extranjera en edad laboral y su tasa de empleo sostuvieron la actividad económica en 2023 y 2024 (BCE, 2025).
En el caso español, estudios recientes estiman que la población extranjera contribuyó aproximadamente con una cuarta parte del crecimiento anual del PIB per cápita en el periodo 2022–2024, mediante dinámicas asociadas a la participación, el empleo y la composición de la fuerza laboral (Cuadrado y Regil, 2025). Más allá de la cifra puntual, el diagnóstico es claro: la economía europea —y en particular sus sistemas de bienestar y de servicios— se sostiene cada vez más sobre una fuerza laboral que continúa infravalorada en el plano simbólico y no plenamente reconocida en el plano social.
A esto se suma un fenómeno silencioso: la soledad estructural. En diversos países europeos, más del 30% de las personas mayores vive sola. Investigaciones del Harvard Study of Adult Development y del Stanford Center on Longevity muestran que el aislamiento social incrementa el riesgo de depresión, deterioro cognitivo y mortalidad. La soledad se ha convertido, en todos los sentidos, en un problema de salud pública y de cohesión social.
Ante esta situación, el trabajo de cuidados adquiere un valor social único. Ninguna tecnología puede sustituir la presencia, la empatía y el consuelo de otra persona. Como subraya Antonio Damasio, la conciencia no nace del cálculo digital, sino de la vida corporal y relacional (Damasio, 2010). La inteligencia artificial puede ofrecer apoyo organizativo o formativo, pero carece de compasión.
El ejemplo ecuatoriano y el conocimiento del cuidado
La migración ecuatoriana en Italia ilustra de modo elocuente la relevancia social del cuidado humano en contextos de envejecimiento acelerado y soledad estructural: desde los años noventa, miles de mujeres ecuatorianas han sostenido el sistema de cuidados con dedicación, afecto y profesionalidad. Han cuidado con ternura a personas mayores, han acompañado hogares marcados por la soledad y han articulado redes de apoyo que benefician tanto a las familias italianas como a la propia comunidad migrante.
Hoy, estos conocimientos acumulados pueden articularse con recursos de inteligencia artificial: plataformas de formación profesional, sistemas de traducción, comunicación directa con equipos sanitarios o programas de apoyo digital. Si se utilizan adecuadamente, estas herramientas pueden mejorar la capacitación, aportar reconocimiento profesional y expandir la integración social de los migrantes.
Integración y movilidad social
En los últimos años, gracias a la digitalización, muchos migrantes —cuidadores y otros trabajadores— han logrado completar estudios, obtener certificaciones y acceder a educación superior. Sin embargo, pese a estos avances y aunque han transcurrido varias décadas desde el inicio de la migración latinoamericana hacia Europa, la integración sigue siendo incompleta.
A diferencia de buena parte de la migración europea que llegó a América Latina en el siglo XX —y consiguió ocupar posiciones relevantes en la economía, la política y la vida cultural—, la migración procedente de países en desarrollo, como los de América Latina, encuentra mayores obstáculos para lograr una inserción equivalente en el contexto europeo.
En el caso ecuatoriano en Italia, esta dificultad se refleja en la estructura de inserción ocupacional. Según el Informe sobre la comunidad ecuatoriana en Italia (2023), una proporción relevante de trabajadores se concentra en sectores de baja calificación y limitada movilidad social: servicios a las personas y trabajo de cuidados, construcción y otros servicios de bajo valor añadido. En particular, más de un tercio de los ocupados (35,7%) realiza trabajo manual no cualificado, un dato que revela una persistente segmentación del mercado de trabajo y un acceso limitado a posiciones intermedias o profesionales. Se trata de una inserción funcional a la economía de la sociedad de acogida, pero que difícilmente se traduce en reconocimiento social, ascenso de estatus o representación en jerarquías institucionales y sindicales.
Como señala Chiara Pagnotta, el “efecto embudo” no describe una dinámica circunscrita a un único contexto nacional, sino un mecanismo estructural que afecta recurrentemente las trayectorias ocupacionales y sociales de migrantes latinoamericanos en Europa (Pagnotta, 2012, 2014). Muchos migrantes —en particular muchas mujeres— llegan con aspiraciones profesionales elevadas, pero se encuentran con trabajos mal remunerados y escasas oportunidades de movilidad social. Aunque sostienen sectores esenciales para el bienestar colectivo, a menudo permanecen invisibles y confinados en nichos ocupacionales que tienden a reproducirse en el tiempo.
Una evidencia adicional de las dificultades de integración estructural surge del análisis de la distribución residencial de migrantes latinoamericanos en ciudades europeas. La literatura señala de forma recurrente que estos grupos tienden a concentrarse en determinados barrios urbanos caracterizados por ingresos medios-bajos, oferta habitacional menos cualificada y presencia significativa de otros grupos migrantes. Esta concentración no suele constituir segregación forzada o “guetización” en sentido clásico, sino que refleja la interacción entre restricciones estructurales del mercado de trabajo y de la vivienda, condiciones socioeconómicas de partida y estrategias adaptativas basadas en redes de connacionales y apoyo informal. Sin embargo, la alta incidencia y persistencia de la presencia migrante en estos contextos —documentada por estudios comparativos sobre ciudades como Madrid, Barcelona, Londres y Bruselas— es un indicador relevante de una integración predominantemente funcional, pero limitada en movilidad social, reconocimiento simbólico y acceso amplio a espacios residenciales y relacionales de la sociedad de acogida.
Estas dinámicas no son específicas del contexto italiano, sino que se observan —con variaciones locales— en otros países europeos con fuerte presencia migrante. Las dificultades de integración también se manifiestan en contextos que, como España, han desarrollado políticas más estructuradas. El Informe sobre el estado y evolución de las migraciones y la convivencia cultural, publicado por CEPAIM, muestra que el sistema escolar tiene dificultades para compensar desigualdades de partida del alumnado de origen migrante (CEPAIM, 2025). Los estudiantes nacidos en el extranjero —y en parte también los hijos de migrantes nacidos en el país de acogida— están más expuestos a discriminación, acoso escolar, repetición y abandono temprano, delineando otro “efecto embudo” en las trayectorias educativas. Estas dinámicas ayudan a explicar por qué, incluso a largo plazo, la integración sigue siendo parcial y la movilidad social limitada.
En este contexto, la inteligencia artificial puede contribuir a corregir parcialmente estos desequilibrios si se emplea como instrumento de formación avanzada, certificación profesional y cualificación técnica. Al reducir barreras lingüísticas y facilitar el aprendizaje continuo, la IA puede permitir a los trabajadores —en particular a quienes cuidan— adquirir competencias superiores y evolucionar hacia perfiles más cualificados en el apoyo sociosanitario o en la gestión comunitaria. Se trataría de figuras intermedias, capaces de vincular experiencia práctica y conocimiento técnico, integrando la cultura del cuidado con la innovación digital.
Esta transformación tiene un valor político y simbólico: devuelve dignidad al trabajo, refuerza la autoestima y construye reconocimiento social en un sector históricamente infravalorado, contribuyendo a la formación de una identidad intercultural. Pero para que la IA cumpla esta función inclusiva —decisiva para la movilidad social— debe ir acompañada de políticas públicas que garanticen acceso, formación y reconocimiento recíproco de cualificaciones. La tecnología, sin una ética de igualdad, corre el riesgo de reproducir las mismas formas de exclusión que pretende superar.
Gobernanza y responsabilidad compartida
La situación descrita exige marcos normativos sólidos, acordados por todos los países de la Unión Europea, que garanticen el uso correcto de estas tecnologías, protejan derechos fundamentales y limiten riesgos de discriminación, vigilancia abusiva o explotación laboral que ya comienzan a perfilarse. La regulación ya iniciada por la UE —el AI Act— es un primer paso decisivo, pero sigue siendo insuficiente. Deberá profundizarse, adaptarse y reforzarse para mantener el ritmo acelerado de la innovación tecnológica y prevenir que la IA se convierta en instrumento de control o precariedad, en lugar de motor de integración, movilidad social e igualdad de oportunidades.
Solo un marco normativo que combine gobernanza democrática, transparencia, auditorías de sesgos, protección de datos sensibles y límites estrictos al uso de la IA en entornos laborales vulnerables permitirá que la inteligencia artificial se consolide como aliada de la dignidad del trabajo de cuidados.
Esto requiere también una implicación responsable del Estado de origen migratorio, que con demasiada frecuencia se limita a buscar demagógicamente el apoyo electoral de la diáspora. Por el contrario, debería promover la integración mediante iniciativas conjuntas con el Estado de acogida: programas educativos —incluido el uso de herramientas de IA—, promoción del bilingüismo, construcción de una identidad intercultural, doble nacionalidad, fomento del emprendimiento, acuerdos de protección social y reconocimiento recíproco de instituciones y competencias.
Como mostró Benedict Anderson, la nación es una “comunidad imaginada”, sostenida por dispositivos simbólicos que no siempre coinciden con la experiencia real de quienes viven entre países y que, en el caso de las diásporas, es administrada y modulada por el Estado de origen (Anderson, 1983). Del mismo modo, Abdelmalek Sayad subrayó que el migrante es un “doble ausente”: ausente de su país de origen y nunca plenamente presente en la sociedad de acogida; no añora un Estado abstracto, sino su barrio, su escuela, sus vínculos afectivos concretos, lo que hace aún más evidente la necesidad de políticas de inclusión social (Sayad, 1999).
En este contexto, es comprensible por qué la participación electoral de los migrantes en el exterior suele ser limitada y por qué muchos eventos culturales organizados por misiones diplomáticas —a menudo caracterizados por un uso ceremonial e instrumental de símbolos patrios, discursos nacionalistas y representaciones folklóricas de débil consistencia antropológica y modesta calidad estética— terminan siendo poco representativos y de impacto reducido. En lugar de promover el diálogo intercultural, funcionan como escenarios de reafirmación identitaria ligados al Estado de origen y refuerzan procesos de autoclausura que obstaculizan la integración.
Una ética de la fraternidad
Para concluir, conviene recordar una reflexión de Umberto Galimberti que, retomando el pensamiento de Günther Anders, advierte sobre la creciente brecha entre lo que la humanidad es técnicamente capaz de producir y lo que logra asumir en el plano ético, así como sobre el riesgo de convertirnos en “pastores de máquinas” (Anders, 1956). El peligro no reside en la máquina en sí, sino en la habituación a la tecnología y la renuncia progresiva a la responsabilidad moral, hasta el punto de limitarnos a “hacer funcionar el sistema” sin preguntarnos por el sentido de nuestras acciones.
Frente a este riesgo, Galimberti propone una transformación cultural: pasar de la lógica del enemigo a la fraternidad, sustituyendo el imperativo de la eficiencia por una orientación al bien común y a la reconstrucción de los lazos sociales (Galimberti, 2023). Desde esta perspectiva, la integración de los migrantes emerge como uno de los ámbitos más fecundos para reconstruir humanidad en sociedades fatigadas por el individualismo, la soledad y la hiperproductividad tecnológica. Aporta vínculos, comunidad, afecto y solidaridad: cualidades indispensables para evitar que la inteligencia artificial se convierta en instrumento de dominación o exclusión.
La integración, en este sentido, no es solo un conjunto de políticas ni un problema administrativo, sino un aprendizaje colectivo: aprender a ver al otro como un igual y no como un extraño; reconocer en el rostro del migrante a un cohabitante plenamente parte de la ciudad y no a un huésped provisional. Allí donde este reconocimiento se vuelve efectivo, la sociedad se repara: disminuye el miedo, se debilita la lógica del enemigo y se amplían los vínculos de confianza que sostienen la vida comunitaria.
En la medida en que la inteligencia artificial contribuya a garantizar a todas las personas —migrantes y autóctonas— un acceso equitativo al conocimiento, a las oportunidades y al tiempo liberado de un trabajo carente de sentido, podrá convertirse en aliada en la construcción de una sociedad más responsable y fraterna. La promoción de la integración: educativa, sanitaria, comunitaria y laboral, no solo amplía horizontes individuales, humaniza a la sociedad de acogida y refuerza los lazos comunitarios que serán esenciales en un futuro en el que quizá no trabajemos por mera necesidad económica, pero en el que necesitaremos más que nunca acompañamiento, afecto, proyectos compartidos y sentido de pertenencia.
Conclusión
La inteligencia artificial reconfigura no solo el trabajo, sino también la economía, la subjetividad y la convivencia. Puede prometer el fin de tareas alienantes y una redistribución del tiempo, pero no podrá sustituir la capacidad humana de crear vínculos, cuidar y construir comunidad.
Europa necesita una transición que combine innovación tecnológica, integración de los migrantes, fortalecimiento de los cuidados y una ética de la fraternidad capaz de sostener la vida en común.
Si la tecnología prolonga nuestros años de vida, solo los vínculos humanos pueden dar verdadera vida a esos años. Y si la inteligencia artificial amplía nuestras facultades intelectuales, serán nuestras decisiones éticas —no los algoritmos— las que determinen el futuro de nuestra convivencia.
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